El duelo y el Ebola: cómo despedir a los seres queridos en la R.D. Congo

El cementerio de Nyamurongo, en Bunia, epicentro del brote de ébola en la República Democrática del Congo, está más concurrido de lo habitual. Joel Lonza Makumbu, visiblemente afectado, relata cómo el virus ha diezmado a su familia. "Ayer enterré a mi padre. Hoy he venido a despedir a mi madre", explica mientras rellena la tumba. Ha perdido también a tres hermanas y un cuñado a causa de la enfermedad. "Quiero que todo el mundo sepa que el ébola es real", insiste, desesperado por combatir la desinformación que rodea a la epidemia, que ya ha causado casi 200 muertes en los últimos meses, principalmente en la provincia de Ituri.

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El brote actual está causado por una variante poco común del ébola, la Bundibugyo, con una tasa de mortalidad de alrededor del 25%. El virus se transmite a través del contacto con fluidos corporales de personas infectadas, como sangre, orina, vómito, semen o leche materna. Para frenar su propagación, es crucial seguir protocolos estrictos, y los entierros seguros son un pilar fundamental. Un sepulturero del cementerio comenta que, aunque 15 familias están asistiendo a entierros, faltan las habituales multitudes, cánticos y rituales.

Una de las prácticas tradicionales ahora desaconsejada es el lavado de los cuerpos por parte de los familiares antes del entierro. Convencer a las familias en duelo de la necesidad de estos cambios es una tarea delicada. Julienne Anoko, antropóloga de la Organización Mundial de la Salud (OMS), señala que lo habitual es vestir al difunto con sus mejores galas y que los ritos funerarios pueden durar varios días. "Las comunidades creen que el difunto viaja a otro mundo, al de los ancestros. Las mujeres se visten de novia, se maquillan, cantan y celebran su vida porque es un viaje, no el final", explica Anoko. Sin embargo, en casos de ébola, el cuerpo debe ser embolsado en un contenedor estanco para su inmediato entierro.

La Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (FICR) está intentando adaptar los procedimientos para respetar las necesidades de las familias. En Ituri, se utilizan ataúdes, colocando la bolsa del cuerpo dentro. Estos féretros tienen paneles transparentes para que los familiares puedan ver al difunto. Las bolsas mortuorias también incorporan una ventana transparente en la parte superior para poder ver el rostro. "Debemos estar muy cerca de las comunidades, dialogar con ellas y asegurarnos de que entienden lo que ocurre, que están informadas y dan su consentimiento", afirma Maria Munoz-Bertrand, coordinadora de emergencias de salud pública de la FICR. "Si la familia pide algo especial, siempre que respete las medidas de prevención y control de infecciones y no ponga a nadie en riesgo, intentaremos acomodar sus deseos, porque entendemos que es un momento muy difícil para ellas. Queremos ser lo más solidarios posible, protegiendo a la vez a las familias, a la comunidad y a nuestros voluntarios".

Un equipo de voluntarios de la FICR se traslada a un centro de tratamiento de ébola en un hospital de Bunia para recoger un cuerpo. Familiares esperan a un lado de la carretera para acompañar a sus seres queridos. Entre ellos, una madre llora la pérdida de su hijo. Una carpa a las afueras del centro funciona como morgue temporal. Allí, personal sanitario con equipos de protección individual (EPI) introduce el cuerpo en una bolsa sellada y luego en un ataúd. Tras desinfectar el camino de regreso al hospital, el equipo de la FICR, también con EPI, recoge el ataúd para trasladarlo a un camión. Se trata del cuerpo de una mujer de 34 años, madre de cuatro hijos. Su padre y un cuñado observan el proceso a distancia. "Es un golpe muy duro para nosotros", dice el padre, Simone Nyal. "Estuvo enferma solo una semana. Nos deja a sus cuatro hijos, no sé cómo vamos a salir adelante".

En el cementerio, la madre y la hermana de la fallecida esperan junto a la tumba recién cavada. El entierro concluye en menos de diez minutos. Los voluntarios se desinfectan de nuevo antes de marcharse, dejando a tres sepultureros cubrir la tumba. Anoko, la antropóloga de la OMS, insiste en la importancia de la paciencia y la escucha activa para ayudar a las comunidades en estos momentos. "Negociamos para que la familia acepte lo inaceptable. A veces lleva tres días, pero usamos el conocimiento de su cultura", explica. El escenario más complicado, relata, ha sido negociar los entierros de mujeres embarazadas. La creencia popular es que no deben ser enterradas con el feto dentro para "viajar ligeras" al más allá. Esto implica la extracción del feto, que se entierra por separado o en la misma tumba, una práctica que implica contacto con fluidos, el principal agente de transmisión del ébola. Anoko recuerda entonces a las comunidades que sus ancestros ya previeron soluciones para estas situaciones. "Les explico muy claramente que nuestros ancestros ya planearon algo para solucionar este tipo de cosas", dice.

Anoko, con experiencia en varios brotes de ébola en la R.D. Congo y África Occidental, ha sido bien recibida por muchas familias gracias al vínculo forjado en sus momentos más vulnerables. Ha logrado tender puentes entre las comunidades y los trabajadores sanitarios, entre la ciencia y la cultura. Sin embargo, el camino por recorrer sigue siendo largo para todos los implicados en la crisis actual. De vuelta en el cementerio de Nyamurongo, Joel Lonza Makumbu termina de cubrir la tumba de su madre y confiesa su temor a tener que regresar una séptima vez. "Tengo familiares en centros de tratamiento, dos hermanas en Rwampara y una prima y otra hermana en otro centro. No sé si esto seguirá así, no conozco el futuro. Pero quiero que todo el mundo sepa que el ébola es real".

Mənbə: BBC News

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