El liderazgo iraní está intentando presentar el incipiente memorando de entendimiento (MoU) con Estados Unidos no como una cesión, sino como el fruto de la resistencia y la victoria. Un argumento nada fácil de defender, dada la delicada situación del país.
Irán acaba de atravesar un conflicto bélico que ha dejado huella, su economía sufre una presión considerable y sectores de su propia base de apoyo han pasado meses denunciando cualquier tipo de compromiso con Washington. A esto se suma la existencia de iraníes, tanto dentro como fuera del país, que ven la crisis actual no como una oportunidad para la diplomacia, sino como un momento propicio para un cambio de régimen.
Este es el complejo panorama político en el que Teherán intenta ahora vender el acuerdo. Altos cargos iraníes han calificado el pacto de "victoria". Mohammad Bagher Qalibaf, presidente del Parlamento y figura clave en las negociaciones por parte de Irán, afirmó que el país ha dado "un gran paso hacia la victoria final". Por su parte, el presidente Masoud Pezeshkian ha descrito el entendimiento como potencialmente transformador, sugiriendo que, de implementarse plenamente, podría solucionar muchos de los problemas de Irán y crear "un mundo diferente" tanto en el país como en Oriente Medio.

El papel de Qalibaf es significativo, ya que no se le asocia con el sector moderado de Pezeshkian. Su apoyo público sugiere que el acuerdo cuenta con el respaldo de sectores más influyentes del sistema, incluso dentro de la Guardia Revolucionaria Islámica.
El liderazgo también presenta el acuerdo como un triunfo argumentando que Estados Unidos e Israel no han logrado sus objetivos principales: no han forzado la rendición de Irán, no han derrocado a la República Islámica, no han desmantelado el programa nuclear iraní mediante acciones militares y no han roto los vínculos de Irán con Hezbolá. En cambio, Irán sigue en la mesa de negociación, con el Líbano incluido en el marco y discutiendo la relajación de sanciones.
Sin embargo, esta narrativa oficial se enfrenta a fuertes críticas internas. Un diputado de línea dura, vicepresidente de la Comisión de Seguridad Nacional del Parlamento, habría descrito el borrador del acuerdo como un documento que convertiría a Irán en una "colonia estadounidense". Acusó además a los negociadores de ignorar la directriz del líder supremo de no reabrir el Estrecho de Ormuz al tráfico marítimo. Estas críticas son relevantes porque no provienen de voces externas, sino de una de las instituciones encargadas de supervisar la seguridad nacional.
Durante meses, voces conservadoras en el Parlamento, medios afines al Estado y reuniones nocturnas progubernamentales han sostenido que no se puede confiar en Estados Unidos. Señalan que las negociaciones diplomáticas se estaban llevando a cabo poco antes del inicio de la guerra, y afirman que la administración Trump utilizó las conversaciones como tapadera mientras Israel y EE. UU. preparaban acciones militares. Para ellos, cualquier acuerdo con Washington corre el riesgo de parecer una política de apaciguamiento.
No obstante, algunas de estas voces parecen haberse aquietado. Esto podría indicar que la decisión de seguir adelante ha sido autorizada desde los más altos niveles del Estado. No significa que haya una unidad total, pero sí que, por el momento, el centro de poder ha juzgado que el coste de rechazar un acuerdo podría ser mayor que el de absorber la ira de los sectores más duros.
La presión económica es un factor clave en este cálculo. El liderazgo iraní puede presentar el acuerdo como resultado de su poder de disuasión, incluyendo la presión en torno al Estrecho de Ormuz y los ataques a intereses energéticos estadounidenses y regionales. Pero la economía también ha forzado la mano de Teherán. La guerra, las sanciones, las restricciones a la navegación, el acceso limitado a los mercados petroleros y a divisas fuertes, y una inflación muy elevada han ahogado al país y a los ciudadanos.
Para muchas familias, la cuestión no es si el acuerdo suena a victoria, sino si logrará bajar los precios y reducir el temor a una nueva escalada bélica. El vicepresidente estadounidense, JD Vance, ha declarado que Irán no recibirá dinero de los contribuyentes, pero sí podría acceder a miles de millones de dólares si cumple sus compromisos y se relajan las sanciones. Esto permite a Teherán vender el acuerdo como un camino hacia la inversión y la reconstrucción, en lugar de una dependencia de Estados Unidos.
Sin embargo, los riesgos son evidentes. Los detalles del memorando no se han publicado íntegramente y las negociaciones están previstas para comenzar este viernes en Suiza. Las cuestiones más espinosas, como el futuro del uranio enriquecido de Irán, el nivel de enriquecimiento permitido, la verificación, el levantamiento de sanciones, Ormuz y el Líbano, aún quedan por debatir.
Existe también incertidumbre respecto a Israel. Su primer ministro, Benjamin Netanyahu, ha rechazado informes sobre una retirada israelí del sur del Líbano, afirmando que las fuerzas israelíes permanecerán allí "el tiempo que sea necesario". Donald Trump, por su parte, ha criticado públicamente la actuación de Israel en el Líbano, señalando que "se ha matado a demasiada gente". También expresó su descontento por un ataque israelí a Beirut poco antes de alcanzar el acuerdo con Irán, aunque insistió en que su relación con Netanyahu sigue siendo "excelente".
Para Teherán, esta fricción visible entre Washington e Israel es útil, ya que puede presentarse como prueba de que la presión iraní ha limitado la libertad de acción de Israel. Pero también hace que el acuerdo sea frágil. Si Israel continúa sus operaciones en el Líbano, Irán se verá presionado a responder. Si Washington no puede contener a Israel, la afirmación de Teherán de que el Líbano está cubierto por el memorando podría ser puesta a prueba rápidamente.
La reacción de la audiencia de BBC Persian sugiere que la narrativa oficial de victoria no está calando de manera uniforme. Un miembro de la audiencia confesó estar muy preocupado por un nuevo ataque israelí, pero incluso tras conocer el acuerdo, "no tenía confianza" y le preocupaba la gestión del país si el pacto se mantenía. Otro iraní opositor al régimen, que inicialmente apoyó la acción militar estadounidense, se preguntó qué había logrado el ataque si no conducía a un cambio político en Irán: "Nuestra esperanza era que cambiara el sistema gobernante. Pero aparte de miseria, inflación y más daños a la economía, ¿qué beneficio ha tenido para la gente?"
Otros se mostraron más comprensivos con la línea del gobierno. Un oyente describió a Irán como el ganador, afirmando que la guerra demostró que las sanciones se levantan no "pidiendo limosna", sino mediante el "uso de la fuerza". Otro acogió el acuerdo con más cautela, diciendo que permitía a la gente "volver al trabajo y a la vida con mayor tranquilidad". "Creo que es temporal", añadió, "pero necesitábamos unos meses de respiro y calma".
Esta podría ser la lectura más realista. La República Islámica vende el acuerdo como una victoria porque no puede venderlo fácilmente como una necesidad. Pero para muchos iraníes, el éxito no se medirá por los eslóganes, sino por si la guerra cesa, si los precios bajan, si llega el alivio de las sanciones y si el liderazgo logra gestionar la próxima fase sin una nueva escalada repentina.
Mənbə: BBC News
